Actualmente se experimenta una confusión peligrosa de lo que es la Democracia. Esto es debido al aborregamiento al que nos someten los poderes (políticos y fácticos) de nuestra sociedad. Se identifica el término con la existencia de elecciones y un sistema de partidos. En principio sería correcto, pero se obvia que Hitler fundó un partido político, se presentó a unas elecciones y las ganó, y nadie lo definiría como demócrata; por tanto no es suficiente.
Vamos a indagar un poco sobre los orígenes del concepto: la democracia surge por oposición a un concepto, un sistema anterior, la Aristocracia; literalmente, el gobierno de los mejores. Como en todas las utopías se basa en que una casta de elegidos, los más sobresalientes de la comunidad, dirigen al resto debido a su capacidad, inteligencia, etc. Como todas las utopías, el sistema degenera en el gobierno de unos pocos que no son precisamente los mejores de esa sociedad.
En ese momento surge el concepto de democracia, el gobierno del pueblo, es decir, se intenta que cualquier persona, independientemente de su origen social, económico, etc, pueda optar a la función pública. ¿Cómo lo demuestra el interesado? Convenciendo al resto de la sociedad para que le eligan a él, y no a otro, para el citado cargo público.

¿En qué situación estamos nosotros?
Pues en una degeneración del concepto primitivo. Me explico: en España hay un sistema de partidos con elecciones, pero el acceso a la labor política- que debería estar reservada a los mejor capacitados a juicio de toda la sociedad- está vedado por un requisito de origen, precisamente político. Hemos pasado del punto en el que el aspirante a gobernar tenía que convencer al auditorio para que le eligiesen, esto es, le votasen, a otro punto en el que el aspirante sólo se dirige al auditorio fiel, esto es, convencido previamente, para que vote en las elecciones y no se quede en casa.
La ideología, la adoctrinación, permite saber cuánto electorado se tiene. Lo único necesario es motivar, movilizar al propio y desmovilizar al contrario. Esta perversión del concepto permite que sujetos a los que no prestarías tu coche, ni dinero, e intentaras por todos los medios alejarlos de tu vida personal, desempeñen funciones legislativas, ejecutivas, etc para el resto de la sociedad.
¿Paradójico?
No tanto. Esta es la situación en el plano político, pero también en el privado. Todo el mundo que tiene la suerte de trabajar, a mínimo que extrapole las ideas de este post, observará cómo los mandos intermedios y superiores suelen estar copados por personajes con claras deficiencias en el ábito en el que se supone trabajan.
Por tanto, esta corrupción de conceptos afecta a toda la sociedad, y transforma los cargos importantes en lo que denomina coloquialmente un buen puesto, que se obtiene por fortuna, enchufismo o casualidad. Casi nunca por capacidad del interfecto, y siempre por antigüedad, no por méritos para ello.
¿Por qué?
Es fácil dar respuesta a esta pregunta: cuanto más pasiva sea una sociedad, más maleable, más gobernable se hace. Por tanto, a los ineptos les es más fácil realizar sus fechorías, aunque éstas sean bienintencionadas.
¿La solución?
Está clara, el cambio de mentalidad de toda la sociedad en todos los ámbitos. Es decir, pasar de una actitud pasiva a otra activa, inquisitiva, constructiva... La manera de hacerlo es a través del día a día, intentar hacer un mundo mejor con nuestros actos y decisiones cotidianas, cada uno en la medida de sus posibilidades, enfrentándose a la espiral de silencio.
La próxima semana atacaremos las características o requisitos de la Democracia. Mientras tanto, que cada palo aguante su vela...
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